Zenderos

Sagrada Familia: Reynold

Antes de hablar sobre lo ocurrido el 3 de mayo del 2024, quiero darles un contexto de los primeros años de mi vida para que puedan entender mejor las revelaciones que tuve esa noche tan especial.

Yo nací el 22 de marzo de 1980, fruto de un accidente. No, no se rompió el condón de mis padres. Fui alguien deseado y concebido de manera natural y amorosa, pero fue gracias a un accidente que pude nacer. Meses antes de mi llegada al mundo, mis padres se casaron y se fueron de luna de miel a Acapulco; después, continuaron su viaje a las playas de Oaxaca en su vocho. De regreso, un autobús chocó con ellos en medio de la sierra. Mi mamá salió ilesa, pero mi padre se fracturó la mano y recibió varios golpes. El chofer del autobús los auxilió y los llevó al hospital más cercano, en la ciudad de Oaxaca, a varias horas del lugar del accidente. Entre los planes de mis padres estaba esperar un par de años para tener hijos y disfrutar de su matrimonio. Eran muy jóvenes y no había prisa en llamar a la cigüeña. Sin embargo, enfrentarse a la muerte les cambió la perspectiva y decidieron dejar que los hijos llegaran cuando tuvieran que llegar. Un par de meses después nací yo, así que es muy probable que fuera concebido en las playas de Oaxaca.

Nací a los ocho meses; ya me urgía nacer. Mi madre cuenta que siempre tuve una fascinación por los libros. Desde muy pequeño me entretenía en la cuna hojeando revistas y libros. En las visitas al pediatra, los juguetes no me interesaban tanto como la enorme biblioteca que me cautivaba. En un cumpleaños, mi pediatra me regaló una enciclopedia de Disney, que fue mi favorita. La deshice de tanto leerla.

Mis padres trabajaban, y fue mi abuela quien cuidó gran parte de mi infancia. Vivíamos algo alejados del pueblo, y no tenía muchos vecinos o niños con quienes jugar. Yo añoraba un hermano para tener alguien con quien jugar, así que me creé varios amigos/hermanos imaginarios. Mi hermano nació cuando yo tenía cuatro años; lo esperaba con gran ilusión, pero fue una decepción darme cuenta de que no podría jugar con él de inmediato. Fui un niño solitario que creó un mundo imaginario en el enorme terreno donde vivía mi familia.

Esa soledad, junto con el hecho de que mis padres pasaban casi todo el día trabajando, activó una herida de abandono que he venido cargando, tal vez, de muchas vidas anteriores. Recuerdo pasar horas sentado en la banqueta esperando a que regresaran de trabajar para estar con ellos. No pude ir al kínder; separarme de mi familia me causaba tanto dolor que, tras tres días de llorar en el salón de clases, mis padres decidieron no llevarme más.

En la primaria fue diferente; mis ganas de aprender a leer y descubrir qué decían esos símbolos en los libros me obsesionaron, así que aprendí a leer lo antes posible.

Nunca vi a mis padres discutir o pelear. Una vez, mi hermano nos contó que en la secundaria un profesor les preguntó a todos si sus padres discutían; todos alzaron la mano menos él. Fue ahí cuando se dio cuenta de lo afortunados que éramos. Lo único que podría reprocharles a mis padres fue su falta de conexión física con nosotros: me refiero a abrazos, cariño, besos y demostraciones físicas de afecto. Eso sin duda contribuyo a mi herida de abandono, pues ahora entiendo que el contacto físico es vital para los seres humanos. Esa necesidad inconsciente de ser tocado y tocar sin duda marcó mi desarrollo personal y profesional.

Cuando estaba en primero de primaria, empecé a tener amiguitos y recuerdo que sentía una fuerte atracción por un niño llamado Néstor. Era moreno, de cabello negro y uno de los más inteligentes del salón. Fantaseaba con estar a su lado, que fuera mi amigo, dormir abrazado de él y despertar juntos, sentirlo físicamente. A esa edad no sabía qué era el sexo, pero algo en mí anhelaba una conexión con él. Sin embargo, nunca fue mi amigo; no sé si fue por pena, miedo o timidez mía, o porque él no quería.

En tercer año de primaria comencé a sentir atracción por las niñas. Fue algo natural. Todos “acosábamos” a la niña más bonita del salón, una pequeña morena de pelo rizado llamada Maricruz. Seguía sin saber qué era el sexo ni cómo llegaban los bebés al mundo, pero ya entendía que los niños debían conectar con las niñas de alguna manera y me sentía bien con eso.

A los ocho años, nos mudamos a una casa que mis padres compraron en el mismo pueblo, y me cambiaron a una escuela privada de monjas, la única escuela privada disponible. Sé que mis padres lo hicieron para brindarme una mejor educación, pero ese cambio implicó muchas cosas difíciles para mí. Fue como empezar de cero: ya tenía amigos y estaba desarrollando mi sentido de pertenencia en la anterior escuela.

Mi familia en esta encarnación.

Con ese cambio, todo eso se derrumbó. Me volví más retraído y tímido, y empecé a sufrir bullying psicológico. Nunca me gustó el fútbol, y aunque mi padre intentó inculcármelo llevándome los fines de semana a ver sus partidos, yo lo encontraba sumamente aburrido. Solo me gustaba ir porque después del partido íbamos a restaurantes con jardines y juegos para que los niños se entretuvieran.

Siendo un niño sensible, retraído y sin interés por el fútbol, fui etiquetado de “maricón”. No recuerdo si esta etiqueta llegó antes o después de una interacción con un niño un par de años mayor que yo, que comenzó a hablarme de sexo y a despertar en mí sensaciones fuertes, excitantes, pero también prohibidas y pecaminosas. Las monjas no ayudaron en esto, generándome solo culpa, miedo y ansiedad. Mis padres, absortos en el trabajo y sin herramientas emocionales ni educativas, no supieron cómo hablar conmigo del tema, al igual que sus padres seguramente tampoco lo hicieron con ellos. Le pedía a Dios que mis padres nunca supieran que ya sabía cómo se hacían los niños, pues me daba mucho miedo y vergüenza ese conocimiento y atracción que sentía. Quería ser mayor para casarme y no tener que lidiar con esa carga; solo tenía ocho años.

Con la distancia, ahora veo que fue un abuso. Alguien aprovechó su conocimiento y su mayoría de edad para despertar en mí sensaciones jamás experimentadas. No fue una violación, porque no fui obligado,  me gustaba. Fue una época de mucha confusión y culpa. Yo estaba enamorado de una compañera de salón, pero nunca me animé a decirle nada; mientras, mi despertar sexual estaba ligado a alguien de mi mismo sexo. Además, estaba la culpa generada por las monjas y la religión.

La secundaria fue relativamente estable y sanadora para mí. Dejé de tener esos encuentros homoeróticos y traté de retomar el “buen” camino. En primero de secundaria había una chica con la que conecté profundamente, y todo indicaba que iba a ser mi primera novia. Sin embargo, la semana que iba a declararle mi amor, ella cambió radicalmente: se volvió cristiana de la noche a la mañana, empezó a vestirse de forma recatada y solo quería hablar de Dios. Yo, que había pasado tres años lleno de culpas, no quería regresar a eso. No entendía como Dios no quería que tuviera “deseos impuros” y a la vez me negaba la oportunidad de hacerlo de la manera que él dictaba.

Al terminar la secundaria, tuve la oportunidad de irme a estudiar a la vocacional en la Ciudad de México y no lo pensé dos veces. Sentía que necesitaba salir del pueblo, expandir mis horizontes. Me sentía atrapado en ese lugar en todos los sentidos.

La Ciudad abrió un mundo enorme para mí, yo me sentía un niño menso comparado con los amigos de mi prima con la que me fui a vivir y que éramos de la misma edad. Pero me recibieron muy bien. En esa época hice mis últimos intentos para conectar con mujeres, pero las pocas que todavía me atraían no me hacían caso y las que no sí. El clavo que sello mis intentos de acercarme a las mujeres fue cuando una chica guapa, que era de origen asiático, me pidió ser su novia y pues yo acepte, pero días después me entere de que lo hizo por una apuesta. Allí decidí dejar en paz ese camino y fue en esa época que también recordé la atracción que sentía por ese compañerito llamado Néstor en la primaria y pensé ¿Tal vez si soy gay? ¿Tal vez lo mío son solo los hombres? Y empecé a aceptarme, a perdonarme y a perdonar a quien abuso de mí y despertó esas sensaciones y emociones. Muchos años después, en mi proceso de sanar esa herida, hable con él y le dije que lo perdonaba y él también me pidió perdón, rompiendo una cadena de abusos.

En la búsqueda por entenderme, empecé a observar mis reacciones, gustos y aversiones, desentrañando una madeja de hilos que no solo se remontaba a esta vida, sino a muchas vidas pasadas y fue una noche del 3 de mayo del 2024 en una playa de Oaxaca que logre entender de donde venía mucho de lo que sentía y anhelaba desde que tengo memoria.