Sagrada Familia: La Reunión
El viernes 3 de mayo de 2024, Alma, Oscar, Daniel y yo planeamos realizar una ceremonia al atardecer en la playa y consumir LSD juntos. Lo que ocurrió esa tarde-noche fue trascendental para los cuatro. Muchos puntos se conectaron, permitiéndome comprender las causas y motivos de muchas cosas en mi vida, un proceso que resultó muy sanador, no solo para mí, sino también para Oscar, Alma y Daniel.
Poco antes de las seis de la tarde nos dirigimos a una playa resguardada por peñascos al sur de Ventanilla. Solo estábamos nosotros en ese espacio. Preparamos un pequeño altar en la arena y comenzamos un rezo para despedir al Sol ese día. Cada quien tomó su dosis de LSD y nos dispusimos a contemplar el atardecer. Fue poco después de que el Sol se ocultó cuando comencé a sentir los primeros efectos.
Puse algo de música para celebrar que estábamos juntos, reunidos los cuatro. Bailamos y muchas cosas comenzaron a suceder a cada uno de nosotros. Algo nos conectaba, sentí que no era la primera vez que los cuatro estábamos en esa playa, en otro tiempo, en otra época, en otra vida.
De fondo sonaba la canción “María la Curandera” de Natalia Lafourcade mientras bailábamos bajo las estrellas. Oscar, quien cargaba con un dolor en su rodilla, se sintió liberado de él y comenzó a dar piruetas a la orilla de la playa. Esa noche todos sanamos algo.
El cielo estaba despejado y se podía ver la Vía Láctea en todo su esplendor. El espectáculo era maravilloso. Sentados, abrazados los cuatro frente al mar, pudimos percibir cómo el universo estaba vivo, tenía pulso. Al principio pensé que era solo una alucinación mía debido al efecto del ácido, pero cuando Daniel expresó con asombro cómo latía el universo mediante destellos que llegaban a nosotros, me di cuenta de que no eran solo mis visiones. Eran señales de luz que nos atravesaban y que, sin duda, contenían algún tipo de información. Como un sistema nervioso que envía impulsos a cada parte del cuerpo para activar o desactivar funciones.
Acostados en la arena, escuchando a Daniel hablar sobre su vida y sus pasiones, sentí cada vez más admiración y fascinación por él. Me di cuenta de que los hombres por los que siempre me había sentido atraído a lo largo de mi vida tenían algo de él: físicamente, mentalmente, emocionalmente y espiritualmente. Su tono de voz, su forma de hablar y su pasión por el conocimiento me recordaban a una expareja que tuve hace 10 años, que era 10 años menor que yo.
Siempre me he sentido atraído por hombres morenos con rasgos indígenas. Desde que tengo memoria, en la primaria anhelaba que un niño con esas características fuera mi amigo y compañero. Quería dormir abrazado a él; tenía solo seis años y no sabía lo que era el sexo.
¿Sería posible que extrañaba tanto a Daniel, que mi ser lo buscaba en hombres que reunieran una o varias de sus características? Darme cuenta de esto me voló la cabeza. Somos seres continuos, tal vez eternos; no surgimos de la nada y nuestra vida tampoco termina en la nada.
Esa noche, sentados en la arena, abracé fuertemente a Daniel por la espalda. Había esperado tal vez muchas vidas para reencontrarme con él y abrazarlo. Mirando aquel hermoso cielo estrellado, estaba muy sensible por el efecto del ácido, la energía del lugar y lo que estaba ocurriendo esa noche. Comencé a sentir cómo surgía el deseo dentro de mí, desde mi vientre. Respiré profundo y no alimenté esa energía. No era el momento, y tal vez ni siquiera era la vida para tener una conexión de ese tipo con él, por mucho que lo deseara.
Alrededor de la medianoche, regresamos al hotel. Oscar y Alma iban delante de nosotros portando una vela, mientras que Daniel y yo caminábamos detrás, como una familia regresando a su hogar en medio de la noche. Fue un momento muy mágico que nunca olvidaré. Allí me di cuenta de que la estructura familiar en la que escogí reencarnar en esta vida era muy similar a ellos.
Entendí que el amor que sentía por ellos venía de muchas vidas atrás. Ellos habían sido mi familia en otro tiempo, y el universo nos volvía a reunir. Oscar había sido mi papá, Alma mi mamá y Daniel mi hermano menor. Ellos habían sido seres muy importantes para mí en otras vidas, y esa conexión nos volvía a reunir para ayudarnos a sanar y a seguir evolucionando.


Los extrañaba tanto. Extrañaba la conexión y el crecimiento que tuve con ellos, que en esta encarnación escogí nacer con unos padres que fueran similares en muchos sentidos. Mi padre en esta vida, tanto física como espiritualmente, es muy parecido a Oscar: moreno, alto, con un alma noble, guerrera y sabia. Mi madre se parece a Alma: una mujer bella, blanca, también muy poderosa espiritualmente. Y juntos, unos padres que se tuvieran un amor muy profundo entre ellos y hacia sus hijos.
Siempre me pregunté: “¿Por qué nací donde nací?” Ahora veo que no fue casualidad del destino. Nacemos donde tenemos que nacer; es, en parte, una elección y, en parte, una misión. Considero que nuestras encarnaciones son el fruto del grado de conciencia que hemos alcanzado en vidas anteriores. Entre mayor sea nuestro grado de conciencia al morir, mayor será nuestra libertad de elección al cruzar el bardo para nuestra siguiente vida. No lo digo yo; lo dicen los budistas. Y entre menor sea nuestro grado de conciencia al morir, menor será nuestra libertad de elección. Como en un videojuego: hasta que no superas cierto nivel, no puedes acceder al siguiente.
Oscar y Alma se fueron a su habitación al llegar al hotel y, a manera de broma, nos dijeron a Daniel y a mí: “No se duerman muy tarde, niños”.
Esa noche, y varias de las siguientes, Daniel y yo platicamos hasta muy de madrugada. Había encontrado y reconocido a mi hermano del alma, a mi Sagrada Familia.