Sagrada Familia: La Conexión
En el siglo pasado, los físicos descubrieron una propiedad de las partículas llamada entrelazamiento cuántico, un fenómeno de la física cuántica en el que dos partículas, como electrones o fotones, se conectan de una manera tan profunda que lo que le sucede a una afecta a la otra, sin importar cuán lejos estén entre sí. Es como si las partículas compartieran una especie de “telepatía” especial.
Por ejemplo, imagina que tienes dos monedas mágicas. Si lanzas una y sale “cara”, automáticamente sabes que la otra será “cruz”, incluso si se encuentra en la otra punta del mundo. Lo más sorprendente es que este efecto ocurre instantáneamente, mucho más rápido que la velocidad de la luz.
Esto desafía nuestra intuición, porque parece que las partículas se “comunican” sin usar ningún medio visible. Albert Einstein incluso lo llamó “acción fantasmagórica a distancia” porque le parecía algo extremadamente extraño. Aunque suene casi como ciencia ficción, este fenómeno es real y ha sido demostrado en numerosos experimentos. Actualmente, se utiliza en áreas como la computación cuántica y la criptografía, aunque todavía no comprendemos completamente cómo ni por qué funciona.
Estamos hechos de partículas, así que, ¿por qué este fenómeno no habría de ocurrir también entre dos o más personas? Creo que nuestro conocimiento sobre el tejido de la realidad, en este momento, es comparable al entendimiento que tiene una hormiga sobre el sistema solar. Sabemos que hay algo más allá y, en ocasiones, podemos verlo o sentirlo. Yo mismo lo experimenté la noche siguiente a una ceremonia que tuvimos en la playa.

Ese día me levanté tarde. El plan era que los cuatro fuéramos con Miguel el dueño y guía de la casa de los vientos, quien nos había invitado a danzar en la playa al atardecer en San Agustinillo. Me imaginé bailando con ellos al atardecer, pero al final solo fui yo. Óscar y Alma estaban cansados de la noche anterior, y Daniel tuvo que ir a ayudar a una amiga con unas tareas de su casa. Dejé que las cosas fluyeran; tenía ganas de ir a Mazunte por mi cuenta, comer allí y dar una vuelta.
Llegué a la danza, saludé a algunas personas que habían estado en la ceremonia de Tonantzin y conocí gente nueva. Al final, cené con ellos, y me ofrecieron un aventón a Ventanilla. Desde el entronque hasta la playa son 10 minutos de caminata. Era una noche maravillosa; el ruido del manglar inundaba el ambiente.
Eran alrededor de las 10 de la noche y me sorprendió que la iglesia del pueblo estuviera todavía abierta. Subí a la colina y me senté un rato para agradecer todo lo vivido. El lugar estaba vacío. Tengo la costumbre de entrar a las iglesias y quedarme un rato allí, y esa ocasión la sentí especial.
Al regresar al hotel, encontré a Daniel sentado junto a Lorena y Marco, los dueños del lugar, una pareja joven y muy agradable. Me invitaron a sentarme con ellos, y, sin preámbulo, Lorena me preguntó:
—Si te dieran a elegir entre amor sin deseo o deseo sin amor, ¿qué escogerías?
La pregunta dio justo en el clavo de lo que estaba sintiendo respecto a Daniel. Lo miré y supe que él también lo captó. Sin dudarlo, ambos respondimos:
—Amor sin deseo.
Había tenido lo segundo muchas veces en mi vida; ahora necesitaba aprender lo que era el amor puro, sin expectativas.
Esa noche platicamos un rato los 4, y pude conectar más con Lorena y Marco. Daniel se retiró a su habitación y no regresó; se quedó dormido viendo su teléfono. Yo todavía tenía energía, algo que me sorprende en determinadas circunstancias. Decidí ir a la playa solo, me puse los audífonos y una playlist de música, góspel y alabanzas. Bailé y canté a Dios en esa playa desierta. Debió haber sido muy chistoso y extraño para quien me vio el ver a un hombre cantando y bailando solo en la playa. Pude haberme quedado hasta el amanecer, pero al día siguiente teníamos una celebración y no quería estar desvelado. Finalmente, a las 2 de la mañana regresé a mi habitación.
Ya en la cama, mientras intentaba dormir, empecé a sentir una presión en el pecho que me impedía respirar. Me senté, tosiendo con fuerza y golpeándome un poco las costillas pude aliviar la sensación. Fue algo extraño que nunca antes había experimentado, era como si me estuviera ahogando con algo.
A la mañana siguiente, Daniel estaba sentado afuera de su habitación y se disculpó por no regresar a la plática. Me explicó que se quedó dormido, pero que le había pasado algo curioso:
—Anoche, como a las 2 de la mañana, desperté con una necesidad de meditar. Fue raro, porque suelo meditar antes de dormir, no a mitad de la noche. Aun así, seguí mi intuición.
Momentos después, Daniel comenzó a sentir que le venía un “ataque psicodélico”. Al principio tuvo miedo, porque era la primera vez que le ocurría algo así mientras meditaba, pero una voz interna le dijo: Déjame salir. Dejó que el proceso fluyera sin resistirse. La energía y las luces que percibía comenzaron a concentrarse en su pecho, hasta que sintió la necesidad de expulsarlas. Fue al baño y vomitó, lo que describió como una “energía concentrada”.
En ese momento, recordé lo que me había ocurrido a mí a la misma hora, a unos metros de distancia en mi cuarto. De alguna manera, estábamos conectados, y yo estaba sintiendo lo que él estaba experimentando.
¿Qué sucedió esa noche? Mi teoría es que Daniel cargaba algún tipo de carga energética o entidad que le provocaba esos ataques psicodélicos. Con la ceremonia de la noche previa, su vibración cambió, y aquello que cargaba dentro le pidió salir. Fue tan intenso que incluso yo pude percibirlo.